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Bajó por donde siempre lo hizo

  • Tras los aluviones del martes 18 de agosto, Tocopilla quedó aislada algunos días, con cerca del 60% de sus viviendas afectadas y calles con toneladas de tierra y piedras. Aunque el desierto sigue igual que hace siglo y medio, lo que cambió fue el modo en que esta ciudad se pobló y a quiénes se les cedió el terreno más expuesto.

El cielo se cerró sobre el Puerto Salitrero y empezó a caer agua sobre un suelo que no sabe absorberla. Cerca de ocho milímetros cayeron en apenas una hora, parte de los más de 37 milímetros que dejó todo el evento climático, según la Dirección Meteorológica de Chile. Esa cantidad activó las principales quebradas de la ciudad y cerca del mediodía las calles comenzaron a convertirse en ríos y el agua invadió las casas.

En una ciudad donde la lluvia es una rareza y donde nada está hecho para recibirla, esos ocho milímetros fueron una enormidad. El hidrogeólogo José Luque Marín, del nodo Laboratorio Natural Desierto de Atacama (LANDATA), explica el porqué: la Cordillera de la Costa cae con pendientes muy fuertes en distancias cortas, sobre una roca que apenas deja infiltrar el agua. “Cuando se produce una lluvia importante, el agua circula directamente por la superficie del terreno”, señala el académico de la Universidad de Barcelona. El líquido arrastra sedimento y fragmentos de rocas por las quebradas hasta el mar. A eso se suman la escasa vegetación y la cantidad de material estéril de la pequeña minería. Aquella combinación es la que produjo los aluviones de Iquique, Tocopilla y Antofagasta.

El barro entró a la ciudad por varios frentes a la vez, arrastró vehículos en la población Pacífico Norte, La Patria y en calle O'Higgins, y obligó a evacuar varios sectores. La Delegación Presidencial Provincial de Tocopilla cifró en cerca del 60% las viviendas con daños. Las quebradas descargaron sobre prácticamente el mismo trazado desde mucho antes de que existiera el puerto, y la ciudad se levantó abajo. La pregunta que deja el barro apunta al modo en que se pobló esta costa, y ese poblamiento empieza en 1843.

Antes que ciudad

El origen del asentamiento explica buena parte del problema, porque el Puerto Salitrero funcionó como punto de carga mucho antes que como ciudad. En 1843 el francés Domingo Latrille trazó un cuadrante en esta bahía mientras se explotaban las guaneras de Punta Paquica y el puerto servía para embarcar guano y cobre. Años después, en 1870, salieron los primeros cargamentos de salitre del cantón El Toco y al año siguiente Bolivia le dio la categoría de Puerto Menor. En 1877, cuando el lugar llevaba más de tres décadas en operación, Máximo Latrille, hijo de Domingo, trazó un plan urbano para reconstruir la ciudad después del terremoto y maremoto del 9 de mayo de ese año.

El orden fue siempre el mismo: primero el mineral, después el muelle para embarcarlo y al final las casas. Y el apogeo salitrero apuró el resto: en 1890 se construyó la línea férrea hasta El Toco, y cuando el ciclo se derrumbó, Tocopilla quedó como el único puerto operativo del salitre que aún producían María Elena y Pedro de Valdivia. La gente se instaló donde había trabajo, sin que nadie preguntara qué bajaba por los cerros cuando llovía. El puerto se pobló a la velocidad de la explotación y circulación de las riquezas minerales y esa velocidad no espera a urbanistas, arquitectos ni planos reguladores municipales.

Turbinas y parafina

El historiador tocopillano, Damir Galaz-Mandakovic, publicó en 2017 el artículo ‘Turbinas y electricidad para la mina, lámparas a parafina para la población. Crónica de una asimetría del capitalismo minero en Tocopilla (1914-1942)’. Ahí documenta que The Chile Exploration Company, de la familia Guggenheim, levantó en Tocopilla una termoeléctrica que el presidente Ramón Barros Luco inauguró por telégrafo el 18 de mayo de 1915 para alimentar Chuquicamata, a 140 kilómetros de distancia por el tendido de alta tensión. En cambio, la ciudad generadora de esa energía debió esperar hasta 1942 para su propia electrificación. Casi treinta años a parafina al lado de la planta.

El doctor en Historia, que investiga los efectos urbanos y ambientales de la minería en el desierto, describe a Tocopilla como un puerto que se pobló para embarcar mineral: “El surgimiento no respondió al modelo clásico de fundación urbana impulsado por una autoridad política. Su origen estuvo estrechamente vinculado a la expansión de la frontera minera durante la década de 1840, cuando el creciente interés por las vetas cupríferas halladas en los cerros costeros hizo necesaria la creación de nuevos puntos de embarque, almacenamiento y administración de las faenas extractivas. En este sentido, la ciudad fue, desde sus inicios, una ocupación económica antes que un proyecto urbano”, explica el investigador asociado a la Universidad de Tarapacá.

Gatico

Esta costa ya tenía un antecedente que no se leyó como advertencia: a unos 50 kilómetros al sur, el puerto de Gatico pasó un siglo entre fundiciones de cobre, epidemias, terremotos, maremotos y aluviones (1912 y 1928), hasta que la crisis de 1929 y la cesantía dejaron el pueblo con menos de 500 habitantes. El golpe final llegó el 25 de julio de 1940, cuando cuatro horas de lluvia bastaron para que un aluvión, el mismo que también azotó a Tocopilla, sepultara el poblado bajo el barro y las rocas. Gatico no volvió a habitarse.

Galaz-Mandakovic dedicó a ese caso el libro ‘Memorias de la ciudad de Gatico. Minería y sociedad (1832-1940)’, donde el desenlace aparece como la suma de un capital que se retira y un Estado que no llega. Un pueblo levantado para embarcar mineral terminó borrado del mapa por una lluvia, en la misma costa y la misma geografía donde volvió a bajar el agua.

El peor sitio

Ese historial de catástrofes estaba disponible cuando el Estado tuvo que decidir dónde instalar a quienes perdieron su casa después del terremoto de magnitud 7,7 del 14 de noviembre de 2007, que dejó dos fallecidas, cerca de un centenar de heridos y alrededor de mil damnificados. Poco después, Serviu levantó la población Pacífico Norte para 512 familias de allegados que llevaban años a la espera de vivienda. El sitio elegido queda al norte de la ciudad, junto a la cárcel, a menos de un kilómetro del vertedero municipal y de las ‘tortas’, los cerros artificiales donde las termoeléctricas acopian sus cenizas de carbón y petcoke.

La obra partió en septiembre de 2008 sin estudio de impacto ambiental terminado, el cual llegó un año después, con las casas ya prácticamente levantadas. Todo eso en una ciudad declarada zona saturada por material particulado respirable MP10 en 2007. Las viviendas quedaron al pie de tres quebradas (Reverso, El Limón y La Higuera, de sur a norte) con sus conos aluvionales, sin obra de mitigación, pese al registro de aluviones en 1912, 1940 y 1991. Para Galaz-Mandakovic, el Estado terminó instalando a esas 512 familias en el peor sitio de la región.

La comprobación llegó rápido: en julio de 2011 las y los vecinos debieron evacuar por una llovizna, y en agosto de 2013 el barro y las rocas se detuvieron a metros de las casas y bloquearon la ruta hacia Iquique. Recién entonces, después de 16 horas de manifestaciones con la carretera cortada, el Estado comprometió y construyó un canal de desvío de unos 500 metros y una piscina aluvional de 35 mil metros cúbicos.

Primero los muertos

El 9 de agosto de 2015 la ciudad volvió a quedar bajo el agua, con un saldo de siete personas fallecidas. El resultado dependió de dónde estuviera ubicado cada barrio: en las quebradas del sector central, donde existían obras, el material quedó retenido hasta llenar el 100% de la capacidad, mientras en el sector alto conocido como 5 de Octubre, sin obras, el barro bajó libre. En Pacífico Norte ocurrió algo peor: las vías aluvionales fueron desbordadas y el aluvión arrastró toneladas de cenizas hasta el mar, a 100 metros de las casas. El informe que la Armada entregó meses más tarde detectó cobre por sobre los límites de protección de la salud humana y niveles de vanadio que en dos de las tres estaciones permitían calificar los sedimentos como altamente contaminados.

Galaz-Mandakovic advierte que esos depósitos de cenizas siguen activos como fuente de contaminación, porque concentran metales y metaloides (arsénico, plomo, cadmio, vanadio, entre otros) que la lixiviación, la erosión o el viento vuelven a poner en circulación en el suelo, el agua y el aire. Con el barro ya seco, dice, la ciudad quedó estos días bajo una nube de polvo con material particulado respirable que contiene esos mismos elementos.

Un año después del aluvión de 2015, el Estado construyó en el sector de 5 de Octubre las obras que faltaban, con protección para cerca de 1.500 vecinos y vecinas. El procedimiento es el mismo desde hace un siglo: primero se cuentan los muertos, después se levanta el muro.

En el balance de la emergencia actual, el gobernador regional Ricardo Díaz atribuyó a las piscinas aluvionales construidas después de 2015 que el aluvión causara menos daño, y sostuvo que sin esas obras gran parte de la población habría terminado anegada. Las estructuras que faltaron cuando murieron siete personas existían esta vez y contuvieron parte del flujo, lo que evitó que el episodio terminara en muertes.

Pero los muros tampoco cierran la historia, porque una obra de control aluvional cumple dos funciones a la vez: retiene material y conduce el resto hacia alguna parte. El Serviu regional cifró en 13 mil millones de pesos las obras de las calles Colón, Barros Arana y O'Higgins, y el 18 de agosto gran parte del flujo que venía de los cerros terminó encauzado justamente por O'Higgins, donde el barro arrastró vehículos y entró a las casas. La obra llegó, como casi todo en esta historia, después de que el agua ya hubiera bajado varias veces por ahí.

El historiador tocopillano lo formula como una distinción entre lo natural y lo social: “La vulnerabilidad históricamente es producida. Es un resultado de decisiones acumulativas sobre urbanización, infraestructura, localización industrial, ocupación del espacio. El evento meteorológico solamente actúa como un detonante”. Los milímetros, en esa lectura, explican solo una parte de lo que pasó.

Sobre esa base, Galaz-Mandakovic distingue entre la magnitud de un aluvión (la cantidad de agua, la fuerza natural) y su intensidad, que es el daño social que provoca. El desastre, plantea, lo define el territorio que recibe la lluvia más que la lluvia misma: una ciudad que creció ocupando quebradas y espacios inundables y que perdió la memoria hidrológica de unos cauces que permanecen secos durante décadas hasta que vuelven a activarse.

La alcaldesa de Tocopilla, Ljubica Kurtovic, resumió la geografía del problema en una frase: “Tocopilla es un cordón de quebradas”. Durante la emergencia, con la provincia bajo Estado de Catástrofe, advirtió que un estudio de geotecnia detectó viviendas al borde del colapso en el sector de Alto Covadonga y pidió a las autoridades reforzar la mitigación en las quebradas, un reclamo que la ciudad arrastra desde hace décadas sin respuesta.

El presidente José Antonio Kast, tras reunirse con las autoridades regionales, dijo que las personas en zonas de alto riesgo deben abandonarlas y que hay que enfrentar la planificación urbana con decisión. En los terrenos del Estado, agregó, habrá que definir cómo absorber el crecimiento que empuja la inversión minera y dónde levantar viviendas definitivas.

Ninguno de esos anuncios vino acompañado de cifras, mientras los únicos recursos comprometidos hasta ahora salieron del gobierno regional: 1.800 millones de pesos del fondo de emergencia, repartidos entre las comunas afectadas.

Lo que el agua dejó a la vista

En este norte la historia se lee mejor en los monumentos que en los balances contables, porque las oficinas salitreras y sus campamentos vacíos o las ruinas de Gatico cuentan la misma historia con distinto mineral: el capital llega, construye rápido, produce mientras la ley y el precio se lo permiten y después se retira, se lleva las riquezas a otro norte y deja acá fierro oxidado y una comunidad obligada a reinventarse sin los recursos que generó.

El cobre y el litio se acabarán o dejarán de ser rentables, tal como se acabaron el guano y el salitre, y lo que se decida ahora sobre el modo en que esa riqueza se reparte en el territorio va a determinar qué le tocará mirar a la próxima generación de nortinos cuando el ciclo termine.

El 18 de agosto, mientras el país miraba los videos del barro, Tocopilla quedó aislada y, durante algunas horas, sin electricidad. La ciudad que desde 1915 generó la energía de la gran minería y esperó hasta 1942 para encender sus propias ampolletas volvió a quedarse a oscuras.

El presidente dijo que hay que enfrentar la planificación urbana con decisión, pero lo que no mencionó es que esa decisión lleva más de un siglo esperando. Mientras el capital levantaba termoeléctricas, ferrocarriles y puertos en tiempo récord, el plano regulador, los estudios de quebradas y las obras de mitigación llegaron casi siempre después del barro y los muertos. El modelo no cambió, solo lo hicieron el mineral y el nombre de la empresa. El agua bajó por donde siempre lo hizo.