Al revisar el mapa de Chile, se puede ver que hay zonas donde no crece (casi) nada. No se trata de la aridez del desierto de Atacama ni de la sequía agrícola de varias regiones del país, sino de una esterilidad invisible y peligrosa: el silencio mediático. Durante el Festival CIPER en la Universidad Diego Portales, una cifra cayó sobre la mesa como una sentencia: el 47% de las comunas del país son "desiertos informativos" puros. Lugares donde no hay medios, donde nadie fiscaliza al poder local y donde la realidad de los vecinos y vecinas no existe para la pauta nacional.
El diagnóstico presentado por Valentina de Marval (CIP UDP), Javier García (Observatorio Derecho a la Comunicación) y Sebastián Ávila (La Voz de Maipú) no fue una queja gremial, sino una radiografía de una fractura democrática.
La trampa del alcalde-editor
El problema de fondo no es solo que falten periodistas locales, sino quién llena ese vacío. En muchas comunas, ante la ausencia de prensa independiente, la única fuente de información es el municipio.
En esa línea, De Marval expuso con claridad la “trampa del financiamiento”: cuando el/la alcalde/sa es el único avisador, la radio o el periódico local (físico o digital) dejan de ser medios de comunicación para convertirse en plataformas de campaña, funcionando casi como el Instagram o Facebook del edil de turno.
Es un sistema perverso donde la fiscalización se cambia por relaciones públicas. Medios que se limitan a “copiar y pegar” comunicados oficiales, sin pauta propia, sin preguntas incómodas, sin terreno.
Resistencia desde la periferia
Sin embargo, en medio de este panorama árido, surgen casos excepcionales que desafían la lógica del mercado. Uno de ellos es La Voz de Maipú, que se presentó como el ejemplo palpable de que lo local puede doblarle la mano a lo nacional.
Sebastián Ávila, uno de sus editores, relató un hito que ilustra esta fuerza: durante la última campaña, el medio logró entrevistar a los ocho candidatos presidenciales. Pero impusieron una condición que para la prensa tradicional parecería insólita: solo se hablaría de Maipú. Así, los aspirantes a La Moneda tuvieron que responder sobre alcantarillados, seguridad barrial y problemas domésticos. La política nacional fue obligada a mirar, aunque sea por unos momentos, la vereda del vecino/a maipucino.
La filosofía detrás de esto es de una simpleza genial. Para un poblador, una fuga de agua o un perro perdido no son anécdotas menores; son noticias más relevantes que el desempeño del IPSA y la bolsa de comercio. Esa conexión con la noticia doméstica es lo que genera una legitimidad que los grandes medios han perdido. Es la revancha de la periferia: si buscas noticias de Maipú en Google, el medio local aparece primero, mucho antes que los gigantes de la prensa.
Leyes contra la voz propia
Pero la supervivencia de estos medios es una carrera de obstáculos diseñada legalmente. Javier García, del Observatorio Derecho a la Comunicación, desnudó cómo el marco regulatorio chileno asfixia a las radios comunitarias.
No es solo falta de recursos; es un diseño estructural. Las radios comunitarias tienen prohibido tener antenas altas, su potencia es limitada y, lo más grave, no pueden vender publicidad libremente. Están condenadas al voluntariado forzoso, lo que impide tener profesionales de las comunicaciones trabajando. “Están diseñadas legalmente para ser precarias”, inferimos todos los presentes del conversatorio. Mientras tanto, grandes conglomerados compran frecuencias locales para retransmitir señales de Santiago, homogeneizando el discurso y borrando la identidad territorial.
Cierre
La conclusión del panel resonó con la advertencia del moderador, Sergio Campos, sobre la atomización social. Chile ha perdido sus espacios de encuentro: los sindicatos se debilitaron, las juntas de vecinos perdieron fuerza. En ese escenario, el medio local debería ser el pegamento de la comunidad.
Pero hoy, la mitad de Chile vive en silencio. Y en el silencio, como bien saben las y los investigadores, es donde la corrupción y el abuso encuentran un lugar para esconderse.
Recuperar la voz local no es nostalgia, es una urgencia de supervivencia cívica.