La sala de la UDP estaba cargada de expectativas. Quienes llegaron al Festival CIPER con la camiseta de Los Prisioneros puesta, esperando escuchar anécdotas o la voz de Jorge González por los parlantes, se llevaron una sorpresa. No hubo guitarras, ni karaoke, ni tributos calcando los mismos acordes y riffs.
Lo que Trinidad Piriz, Nicolás Alonso y Jorge Rojas pusieron sobre la mesa fue algo mucho más complejo: destriparon el oficio de contar historias para nuestros oídos. En el salón dejaron claro que el podcast narrativo no es “gente conversando” delante de un micrófono. Al contrario, ellos mismos dijeron que es “cine para el oído”.
Obsesión en un departamento
Fue el periodista Nicolás Alonso quien soltó el dato principal para su podcast: la obsesión. Para que “Necesito poder respirar” funcionara, no bastaba con darle play a los discos de Los Prisioneros. Alonso contó cómo el diseñador sonoro se encerró en su departamento con una misión casi imposible: recrear instrumentalmente, pista por pista, 50 canciones de Los Prisioneros y de la etapa solista de González. Fue una necesidad narrativa: había que desmontar la música para intentar entender, desde adentro, cómo se desmontaba también la mente del músico.
Y en esa búsqueda de la verdad, el equipo tomó la decisión más arriesgada de todas: el silencio del protagonista. Decidieron no entrevistar a Jorge González. Prefirieron rodearlo, hablar con los técnicos que conectaban los amplificadores, con las exparejas, con los amigos, esquivando la “versión oficial” para encontrar una intimidad que el discurso prefabricado suele ocultar.
Retrato de la soledad
Si en la historia del músico se trabajó desde la ausencia, el periodista Jorge Rojas y su podcast “El Rey del Oro” fue todo lo contrario: la tensión de tener al “villano” respirando al otro lado de la línea.
Rojas relató cómo logró que Harold Vilches, cabecilla de una de las redes de contrabando de oro ilegal hace más de 10 años, no solo le diera entrevistas maratónicas, sino que entrara en un juego psicológico. Sin cámaras que distraigan, el audio permitió algo que la televisión rara vez logra: retratar la soledad y la ambición de un delincuente, permitiendo que la audiencia entendiera al ser humano sin necesidad de validar sus delitos.
El costo de la memoria
Pero la magia técnica tiene un precio, y Trinidad Piriz, de Podium Podcast, se encargó de poner los pies en la tierra. El mercado actual — a pesar de estar dominado por marcas y el “monstruo” de Spotify — todavía no paga lo que cuesta hacer estos productos que requieren equipos grandes y más de un año de trabajo.
Fue ahí donde Nicolás Alonso lanzó un desafío para este futuro que ya está aquí: si el mercado falla, la academia debe entrar. Las universidades, con sus recursos y tiempo, podrían estar llamadas a ser las nuevas productoras, los mecenas de estas obras de “riesgo” que la publicidad no se atreve a costear.
Al final, la conclusión del panel quedó flotando en el aire como una certeza incómoda. Si el periodismo escrito guarda la memoria impresa de Chile, estas narrativas sonoras aspiran a algo más visceral: ser su memoria emocional. Pero para que esa voz no se apague, hay que entender que detrás de cada segundo de emoción hay horas de trabajo que nadie ve. Es, literalmente, una obra de ingeniería invisible… Y así, se logra que el sonido sea memoria.