Existe la creencia de que el odio digital es etéreo. Se imagina que la violencia que hay en redes sociales (sobre todo X) viene de granjas de bots en Europa del Este. Es más, se asume que esa toxicidad es mecánica porque “las redes son así”. Pero en el conversatorio sobre desinformación, bots y trolls, realizado en el Festival CIPER de la UDP, esa ilusión se rompió con una verdad incómoda: el odio tiene oficina, horario laboral y, a veces, hasta tiene un cargo de gerente.
La Sala de TV de la universidad funcionó como el escenario de una autopsia a la convivencia digital. Y es que allí, el periodista Matías González de Chilevisión, junto a los académicos Marcelo Santos y Lyuba Yez no hablaron de algoritmos abstractos, sino de la “carne y hueso” que mueve los hilos de la mentira en redes sociales.
El troll de la oficina de al lado
La anécdota que vertebró la jornada es absurda pero escalofriante: el caso de “Patito Verde” y de “Neuroc”. Durante años, la cuenta de X (exTwitter) de Patito Verde operó como una trinchera de misoginia, violencia política y defensa acérrima de la dictadura y las políticas neoliberales del sector más a la derecha de la propia Derecha.
Pero la investigación periodística cruzó el umbral digital. Tras recuperar contraseñas, analizar correos y realizar seguimientos físicos, el equipo no se topó con un bot. Encontró a Ricardo Inaiman, la persona detrás del usuario Neuroc de X, cuenta del mismo “universo” de Patito Verde.
El momento de la confrontación, relatado por González, expuso la fragilidad del agresor. Ocurrió en el centro de Santiago. El equipo de CHV esperaba que el sujeto corriera, que golpeara o negara todo a gritos, pero Inaiman se quedó paralizado.
Su única frase, susurrada desde el desconcierto de quien se sabe descubierto, fue: “¿Cómo supiste que trabajaba aquí?”, relata el periodista de Chilevisión. Esa pregunta encierra la clave del fenómeno. La impunidad del troll no radica en su astucia tecnológica, sino en su anonimato laboral.
Y en cuanto a Patito Verde, el reportaje sindicó a Patricio Góngora, alto ejecutivo de Canal 13, detrás de esa cuenta. Un par de días después, el canal lo desvinculó.
Acarreo digital
Sin embargo, Góngora e Inaiman es solo un síntoma de una enfermedad mayor. El académico Marcelo Santos definió esta dolencia con precisión: “Acción Coordinada Inauténtica”. Para dimensionar la gravedad, utilizó una analogía de las viejas prácticas políticas: los buses de acarreo.
Las granjas de bots y trolls operan igual que esos buses que llevan personas de un lugar a otro para votar o apoyar a un candidato/a específico, a cambio de un jugo y su Chocman, como ocurrió en el primer gobierno de Sebastián Piñera. Es decir, es una simulación. Pero aquí, advierte Santos, el objetivo no es convencer a nadie ni cambiar un voto. De hecho, el objetivo es mucho más perverso: es ensuciar el ecosistema digital.
Se trata de una estrategia de desgaste. Si el debate público se vuelve un pantano tóxico, la ciudadanía se retira, dejando el espacio libre a los radicales. En otras palabras, es la erosión silenciosa de la confianza.
Comida chatarra para el cerebro
Ante la interrogante de por qué la sociedad cae en estas trampas, Lyuba Yez, académica experta en fact-checking y en ética periodística, explicó un diagnóstico tajante. La desinformación opera como la comida chatarra: es rica, rápida y, sobre todo, confirma los propios prejuicios.
Por el contrario, la verdad — la verificación rigurosa — es como comer verduras: es lenta, a veces aburrida y requiere esfuerzo. “Es mucho menos sexy que una fake news para viralizarla”, sentenció. En esta dinámica, la emoción — sea ira o alegría extrema — se convierte en el vehículo perfecto para la mentira.
Cierre
La lección que quedó flotando en el aire es que la amenaza a la democracia no viene necesariamente de afuera. No es una “injerencia rusa” del otro lado del planeta. La amenaza es interna, operada por ejecutivos, políticos y personas con poder que orquestan campañas de odio desde sus escritorios o acostados en sus camas.
El deber del periodismo, entonces, persiste en incomodar. En buscar el nombre y apellido detrás de la foto de perfil. Porque mientras existan ejecutivos que tuitean odio en horario de oficina y luego saludan amablemente en los pasillos, la batalla por la verdad seguirá siendo un campo minado.
La próxima notificación en el celular podría ser mentira… Y quien la escribió podría estar sentado en el escritorio de al lado.