Periodismo, memoria, sociedad

Violeta y su libreta

  • Antes de conquistar el Museo del Louvre, Violeta Parra fue la mujer de la libreta: la etnógrafa que recorrió Chile rescatando tradiciones campesinas al borde de desaparecer. Esta crónica cuenta la historia de la investigadora que nació antes que la cantautora.

La voz de Humberto Baroni, el guía, rompe el silencio en la Casa Museo de calle El Roble 531, en San Carlos.

Nos transporta a un diorama de tamaño real: el "Velorio de un angelito". La representación describe un Chile que ya no existe.

“Es una costumbre que ya se perdió en el tiempo”, explica Baroni. Y con esa frase, reconstruye la escena.

Ya se va para los cielos

Lo que vemos es un rito rural, profundo, casi incomprensible hoy. Una guagua muerta que no yace en un ataúd. Está sentada, como un rey en un trono, vestida de blanco. Es un “angelito”. Baroni explica que, al ser un alma sin pecado, se va directo al cielo, y eso no es motivo de luto, al contrario, es de celebración.

No hay llantos en la escena. El sonido del lugar es la música. Un hombre rasga un instrumento que parece una guitarra pero con más cuerdas. Es un guitarrón chileno. “Tiene 25 cuerdas”, detalla Baroni, “y la verdad es que son muy pocos los que lo saben tocar actualmente”.

En estos velorios no debía haber cantos tristes ni penosos, todo lo contrario, se hacían muchos cantos a lo divino. Y, mientras la música sonaba, circulaba un aguardiente que la gente llamaba ‘gloriao’, bebida de las antiguas tradiciones campesinas.

La escena es un archivo sensorial completo. Y entonces, cuando creemos haberlo entendido, Baroni detiene la narración y nos obliga a mirar de nuevo.

La joven de la libreta

El guía apunta a una figura en la esquina del diorama. Una mujer. Ella no reza, no canta, no bebe el gloriao. Ella observa y anota.

“Esta persona está representando a Violeta Parra”, dice Baroni. No es una participante más del duelo. Está trabajando. “Está tomando apuntes, informándose ¿se fija? Anotando en la libretita...”. Informándose, esa es la palabra.

En esa casa de adobe, en ese diorama que evoca un rito ya extinto, no nace la artista que fue premiada por sus composiciones o arpilleras y que llegó a exponer en el Museo del Louvre en Francia. En esa casa de adobe nació la investigadora. La cronista. La mujer que entendió, antes que nadie, que la memoria es frágil y que su rescate exige un método. La folclorista nace antes que la cantautora.

Grabadora al hombro

Ese gesto, el de la libreta, se transformó en un proyecto de vida a principios de los años cincuenta y su hermano mayor, el matemático y poeta Nicanor Parra, fue el catalizador. La sacó de la música radial comercial de esos años, donde se presentaba bajo el seudónimo de Violeta de Mayo interpretando canciones españolas.

La iluminación ocurrió, según los archivos, cuando Violeta encontró a Nicanor estudiando un documento del siglo XIX: el contrapunto de Taguada contra Javier de La Rosa. Reconoció esas décimas. Eran, expresó, las “canciones de los borrachos de Chillán”. Entonces, Nicanor le dijo que el folclor “no es una cosa de museo. El folclor es una cosa viva”. Había que investigar.

Violeta asumió la tarea con urgencia. Debía recopilar lo máximo posible antes de que todo desapareciera. Vio que el modernismo estaba matando la tradición, que el folclor era —en sus palabras— “casi un cadáver”.

Y entonces, su plan de investigación folclórica se volvió técnico. La libreta ya no era suficiente. Consiguió la herramienta de los antropólogos de la época: una grabadora de carrete abierto, un equipo grande y pesado, prestado por la Universidad de Chile. Su hijo, Ángel, recordaría más tarde tener que cargar ese armatoste por los cerros y campos.

Esta Violeta no era la artista de la “inspiración”, era la obrera de la cultura, la etnógrafa que iba a las fuentes. La mujer decidida a encontrar y preservar la memoria, cantos y tradiciones de su país.

Cartografía del folclor

Su trabajo de campo fue tan vasto y riguroso que le permitió hacer algo que ningún artista popular había hecho hasta ese momento: mapear la identidad cultural de un país.

El mismo Humberto Baroni lo resume en la Casa Museo de San Carlos: “Gracias a esa etapa de recopilación que hizo Violeta, ella misma clasificó al país en tres grandes zonas: la zona norte, la zona central, la zona sur, y posteriormente le agregó también la Isla de Chiloé”.

Fue una cartógrafa y su mapa estaba lleno de rostros, nombres y saberes.

No inventó ese mapa sentada en la Plaza de Armas de Santiago o en la Biblioteca Nacional. Lo caminó. Viajó al norte para investigar la fiesta de La Tirana y al sur, hasta Chiloé, buscando a los custodios del saber, a esas personas comunes y corrientes que guardaban inmensos tesoros artísticos.

Entre ellos estaba el guitarronero Isaías Angulo, quien le enseñó los secretos de ese instrumento de 25 cuerdas. También encontró a cantoras como Eduviges Candia en su natal San Carlos o Rosa Lorca en Barrancas (actual comuna de Pudahuel). Sobre ella, Violeta expresó: “Doña Rosa Lorca, arregladora de angelitos, me cantó todo su valioso repertorio. Es a ella a quien le debo la nomenclatura del Canto a lo Humano y Canto a lo Divino que, siguiendo el orden del velorio del angelito, se divide en Versos por Saludo, Versos por Padecimiento y Versos por Sabiduría”.

El genio de Violeta fue no congelar esa tradición. A diferencia de otros folcloristas, era iconoclasta. No quería guardar el folclor en una “campana de vidrio”. Rompió con la visión del agronacionalismo —la del huaso elegante y el paisaje visto desde la casa patronal— y rescató la “tonadita pobre”, la del campesino real.

Y entonces, en el punto más alto de su método, la libreta y el corazón se volvieron uno.

La investigación del velorio del angelito no era para Violeta un objeto de estudio distante. Era una herida que nunca cerró. Su hermano menor, Caupolicán Parra —al que le decían Polito—, había muerto a los pocos meses de nacer. Una neumonía se lo llevó.

Cuando décadas después se sentó frente a Rosa Lorca en Barrancas y escuchó los cantos a lo divino, cuando anotó en su libreta la estructura del velorio —versos por saludo, por padecimiento y por sabiduría—, algo se removió en ella. No era curiosidad académica. Era reconocimiento. Esos cantos que Rosa entonaba eran los mismos que habían sonado en su casa cuando Polito fue vestido de blanco y sentado como un rey.

El arte no nacía del aire. Nacía del rigor etnográfico atravesado por la memoria viva. Por la pérdida convertida en canción.

Kilómetro cero

Casa de calle El Roble 531 en San Carlos, Región de Ñuble. El kilómetro cero de la etnografía.

La joven de la libreta no era una turista. La investigación del mundo campesino fue, para ella, una forma de introspección. No estaba estudiando a otro. Al contrario, excavaba su propia cultura... Nuestra propia cultura.

Los archivos lo confirman: su madre, Clarisa Sandoval, era campesina y la principal portadora de la cultura folclórica de la familia. Eso, sumado a que Violeta y sus hermanos nacieron en una región muy ligada a las tradiciones populares.

Su método había empezado mucho antes de Nicanor y de la grabadora. Empezó en la infancia, en Malloa, cuando la pequeña Violeta “perseguía” a las niñas Aguilera, dos hermanas cantoras, para que le enseñaran esos cantos antiguos que se transmitían oralmente.

En la casa de San Carlos ya no suena el guitarrón de 25 cuerdas ni circula el gloriao, pero en el diorama, la joven de la libreta sigue trabajando. Está haciendo lo que hizo toda su vida: tomar nota antes de que el olvido llegue.

Anotó tanto, grabó tanto, preguntó tanto, que al final logró lo imposible: convertir su biografía en la biografía de un país. La libreta era un espejo y en ese espejo Chile se vio por primera vez la cara.


Artículo originalmente publicado el 24 de noviembre de 2025 en el diario La Estrella de Antofagasta y de Valparaíso.